Un niño de 12 años y otro de 36
Publicado el miércoles, 12 de enero de 2011 @ por José Enrique Vivas MarcanoWill, es el tal hombre, un soltero de 36 años que disfruta con holgura de su herencia. Se la pasa muy a gusto evitando la realidad, llámese ésta relaciones duraderas, niños, responsabilidades, un empleo fijo. Muchas veces se pregunta cómo la gente común puede manejar tanta minucia en el día a día, pues en los ordenados bloques de media hora en que divide su vida parece haber justo el espacio para una pasar tarde de tiendas, darse un largo baño, escuchar el último cd de Nirvana mientras da una vuelta por Londres, o tomar una cerveza con algún conocido casual.
La ocasional relación sentimental/sexual corta y sin compromiso completa el panorama. Y es en la intrincada busca de una de esas relaciones, dentro del recién descubierto nicho de madres solteras, que Will entra en contacto con una amiga de Fiona, la tal hippie suicida, y luego con ella y Marcus, el preadolescente cerebral y acosado en su colegio que en ocasiones y sin darse cuenta, suena para el inmaduro Will "como si tuviese cien años de edad".
La realidad que es la gente y sus problemas entran de repente en el panorama despreocupado de Will, quien se verá enfrentando preguntas aceerca de crecer, acerca de la seguridad sentimental necesaria para mantener la cordura, acerca de hasta dónde se puede representar un papel con pura retórica y cuándo hay que involucrarse en los problemas, sean estos de otras personas o propios. Y las preguntas no vendrán solamente del chico que de buenas a primeras comenzó a frecuentar su sofá en las tardes luego del colegio...
About a boy es construida por las voces alternadas de los dos niños de la novela, el de 12 años y el de 36, y es hilarante seguir las líneas de pensamiento que en ocasiones parecen intercambiarse.Uno pensaría que los problemas que agobian a un chico y a un hombre pueden ser muy distintos, pero hay que dudarlo a medida que éstos se ayudan mutuamente a transitar el agobiante camino hacia la estabilidad emocional, que el uno ha perdido y busca desesperadamente, y el otro encuentra sin estar buscando.
* * *
El escritor Nick Hornby goza de una gran popularidad por su forma desafectada, masculina sin ser sexista, de tratar las relaciones sentimentales. Sería lo opuesto de la llamada "chick lit". Temas recurrentes en sus novelas y ensayos son el deporte y la música pop, que de hecho fueron los temas de sus inicios periodísticos. También escribe sobre libros, y recién reseñé acá su recopilación de artículos del tema, The Polysyllabic Spree. Leí también de su autoría A long way down, y tengo en cola How to be good. ¡Ah! Y en la revista Orsai que acabo de recibir, y de la que pronto comentaré más acá, contribuyó con un cuento hasta ahora inédito en español.
About a boy fue desde luego adaptada al cine; la vi sólo ahora, antes del libro, lastimosamente, aunque me reconforta que el final sea otro (por ejemplo, Nirvana y Kurt Cobain juegan un papel más que casual en la trama original, y no aparecen en la película). Protagonizaron, como Will y Marcus, Hugh Grant (a cuya persona no dejaba de asociar los parlamentos de Will al leer) y Nicholas Hoult (el ahora gamberro rompecorazones Tony de la serie Skins que pone MTV), junto a la bellísima Rachel Weisz y Toni Colette, esa gigantesca actriz de Little Miss Sunshine y United States of Tara.
¡Y la banda sonora! La música de la película es de una delicada belleza. Fue compuesta e interpretada en su totalidad por Badly Drawn Boy, y se las recomiendo ampliamente.
Las páginas de 2010
Publicado el martes, 4 de enero de 2011 @ por José Enrique Vivas MarcanoCierra el año y a uno, como a cualquiera, le da por hacer resúmenes y balances. Y el balance 2010 de este blog no puede ser de sus posteos, ¡porque no los hubo!, así que será de lo que debí postear, y que afortunadamente anoté en otra parte: los libros que leí en el año.
No deja de ser un despropósito decir algo de todas estas lecturas habiendo transcurrido algún tiempo desde que las hice, sobre todo con una memoria mal amoblada como la mía. Así que me limitaré a la lista cronológica y algún detalle. Algunos de los títulos fueron escuetamente comentados —o más bien nombrados/recomendados— por Twitter en su momento.
Como siempre, debo mencionar que la idea de este resumen se la debo al pana Luis Bond, quien acostumbra reseñar impecablemente sus lecturas/películas, y de quien me copio descaradamente desde que le conozco. Entérate de qué va su proyecto ¡Lee! acá en un reporte de su blog.
Hasta que te encuentre, John Irving. Los familiarizados con el autor de El mundo según Garp y Hotel New Hampshire reconocerán acá sus temas y obsesiones: la iniciación sexual, el ambiente universitario, la lucha libre, el padre ausente, pasados familiares oscuros e innombrados. Tiene la gigantesca Hasta que... algo de cierre de todos ellos, y si bien el río de personajes que rodea a Jack Burns puede hacer floja la larguísima trama, creo que el cierre compensa buenamente. Lo fascinante del Burns que busca a su padre, a quien no conoce, es el peso que la madre tiene en lo que él cree recordar, y cómo a medida que recorre en reversa las ciudades de las que antes huyó, la historia de abandono puede leerse totalmente de otra forma. Rabiosamente autobiográfica.
Payback, Lucas García. Los cuentos de este venezolano tiene un ritmo de oralidad sabroso y cercano, como ya sabrán quienes han leído sus brillantes piezas en Prodavinci. Impelable.
Sexo en mi pueblo, Leo Felipe Campos. Erótica en clave nacional, memorias de la iniciación de la infancia/adolescencia contadas con tanto desparpajo como el título evoca.
Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll. Un repaso al clásico ante el inminente estreno de la versión Burtoniana de la historia, que al final consistió en una pretendida continuación, para mí rimbombante.
La carretera, Cormac McCarthy. Brutal. Post-apocalipsis que se hace más terrible cuanto más mínima y repetitiva es la acción de los dos personajes casi únicos de la trama, un padre y un hijo, que avanzan por el interminable asfalto de un país destruido hacia, tal vez, la salvación, el futuro.
¡Insólito!, Gonzalo Jiménez. Compilación de sabrosas crónicas, historias y notas de lo oculto, lo raro, lo curioso: momias, aparecidos, asesinatos, ovnis... Ameno periodismo de investigación que te acompaña bien —lo certifico— al lado de una piscina con un whisky en la mano.
Close up, Armando Coll. La relación entre una cínica cronista social, que conoce el underbelly de la alta sociedad caraqueña, y un joven periodista, muestra las contradicciones de la sociedad venezolana desde sus papeles sociales, sus eventos fastuosos y fatuos, su clase política y sus crisis de gobernabilidad.
The polysyllabic spree, Nick Hornby. El autor de About a boy escribe en su columna semanal ("Stuff I've been reading" de la revista Believer), recopilada acá, sobre los libros que compra y los que lee, aderezando de una forma amena, coloquial las listas con temas como deportes, paternidad (en su caso, de un chico autista), cine, música. Cada ensayo se siente como una conversa que debiste tener con un pana al salir de una librería a por un café.
Los boys, Junot Díaz. Cuentos anteriores a la genial The brief and wondrous Life of Oscar Wao, con temas similares de inmigración e identidad.
Todas las familias felices, Carlos Fuentes. Un conjunto de cuentos, de amplísimo rango formal, sobre las familias, las relaciones filiales, y sus múltiples disfunciones, tragedias, sinsabores, ironías. La frase en la contratapa me compró: «Yo vengo de una familia en la que cada miembro dañaba de algún modo a los demás. Luego, arrepentidos, cada uno se dañaba a sí mismo.»
The Great Gatsby/El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald. El clasicazo me sirvió para hacer un poco de "lectura comparada": de ediciones en inglés y español a la vez. En el ejercicio descubrí que podía traducir mejor que algunos (la edición de Salvat tenía hasta frases mutiladas y faltantes) pero me perdí un poco en la historia del misterioso Gatsby, millonario solitario que aparece en una gigantesca mansión dando fastuosas fiestas pero deseando en el fondo sólo una cosa: el amor de una mujer casada. Supongo que una relectura no estará de más.
Scott Pilgrim vs the world, Bryan Lee O'Malley. Seis tomos de cómic desgranan la vida ordinaria de este adolescente entre su banda de música, su roommate gay, la novia del colegio y la chica a quien en verdad desea, Ramona, y a quien sólo obtendrá tras destruir a siete diabólicos exnovios. Ya va, ¿dije vida ordinaria? No he visto la peli, por cierto.
El señor Marx no está en casa, Íbsen Martínez. Novelada lucubración de un escritor/guionista de tv que se interesa, a partir de una foto, en la posible relación incestuosa de Karl Marx con su hija. Se me hizo densa en momentos donde se va por el rollo histórico político y el conflicto del propio escritor se asoma o dibuja poco.
Content, Cory Doctorow. Ensayos sobre los derechos de autor en la era digital, internet, el futuro. El canadiense autor es bloguero, novelista de ciencia ficción y evangelizador anti DRM (todas sus novelas están licenciadas CC como de libre acceso) y coedita Boing-Boing.
Paseos al azar, José Luis Palacios. Cuentos y experiencias de la vida de un estudiante venezolano becado en el exterior. Bastante bueno.
Boy (relatos de infancia), Roald Dahl. El imaginativo padre de Willy Wonka y Charlie, Matilda, el durazno gigante y numerosos cuentos de un brillante humor negro, cuenta acá sus recuerdos de infancia feliz, escuela traumatizante, y paseos a la Noruega de sus padres.
Un trabajo sucio, Christopher Moore. Un tranquilo vendedor de cosas usadas pierde a su esposa durante el parto de su hija, y poco después empieza a ver caer gente muerta a su alrededor. La beba, descubre, es un ángel de la muerte, y los objetos de su tienda, receptáculos de las almas que ahora él debe recolectar y proteger de las fuerzas oscuras. Me sonaba más divertida en la solapa que lo que terminó siendo.
El elefante, Fedosy Santaella. Brevísimo tomo de cuentos que arranca en un tono de evocación infantil y se desenvuelve en asomos de identidad escindida y realidad onírica. Leo mucho a Santaella en su blog Caja Virtual; edita también Los hermanos Chang.
Las crisis de la Venezuela contemporánea, Manuel Caballero. Ensayos sobre los que el historiador define como puntos de inflexión de nuestra local epopeya. Siete episodios del siglo XX venezolano tras las cuales nuestra realidad viró en maneras que aún resuenan.
Monstruos invisibles, Chuck Palahniuk. Delirante visión al mundo de la belleza física y la obsesión con la apariencia, contada por una modelo deforme tras un accidente. Vísceras, terrorismo, drogas de prescripción, sexo freak, viaje iniciático y final de culebrón como sólo Palahniuk prosa.
21 del XXI, antología del cuento venezolano, varios autores. Una buena compilación de Rubi Guerra de autores nacionales de diversos estilos, temáticas, incluso épocas y edades, y que han producido textos desde el 2000 para acá. Excelente para conocer/seguir el pulso a todo el talento literario local.
La canción del ciempiés, José Pulido. Una historia en tiempos paralelos de la Cuba contemporánea y la de la Conquista; un empresario cubanoamericano que quiere recuperar su casa en La Habana y el pintor que vive ahora en ella; una sensual mujer y la policía castrista; una princesa africana que llega a esa isla esclavizada pero protegida por los dioses de sus ancestros, todo esto iluminado con los colores de la palabra sabrosa de Pulido.
No es país para viejos, Cormac McCarthy. La novela que originó la oscareada película de los Coen es también (como la peli y como La carretera) filosa, ruda, brutal. Un hombre encuentra a campo abierto un reguero de muertos, varios vehículos tiroteados y un bolso lleno de dinero, que se lleva. Pronto se verá asediado por un asesino psicópata contratado para recuperar el dinero y por el sheriff resuelto a resolver el enigma del negocio ilegal que originó la escena inicial.
Mientras escribo, Stephen King. El rey de la literatura plebeya americana repasa sus inicios como escritor, y las leyes, trucos, amenazas y recompensas que vislumbra en ese oficio. Como bono, el cuento en primera persona del accidente de circulación que casi mató al autor.
El beso de la mujer araña, Manuel Puig. Fascinante. Un peligroso preso político y un homosexual acusado de pedófilo comparten celda en una cárcel argentina. La relación entre ellos pasa del previsible recelo mutuo inicial a medida que el supuesto corruptor de menores expone su romántica y glamorosa visión del mundo a través del relato, cada noche, de sus películas favoritas, y que el revolucionario contrasta poco a poco con sus ideales. Una exploración de los límites de ambos y de sus papeles sociales, que lleva a un final memorable.
Ahora sabréis lo que es correr, Dave Eggers. ¿Qué hacer si caen en tus manos 80 mil dólares sin mucho esfuerzo? Pues un viaje alrededor del mundo en unos pocos días con tu segundo mejor amigo, el que no murió, para dárselo a manos llenas a gente que se lo merezca, claro... El viaje resulta menos aventurero que totalmente azaroso, el efecto de la repartición un gran... ¿fondo negro, una nada, el espectáculo que no fue? y la figura de ese tercer amigo tal vez el pegamento que une todas las disconexas escenas. El castizo nombre es en realidad You shall know our velocity. Me queda curiosidad por la primera y más famosa novela del Eggers.
Árbol de luna, Juan Carlos Méndez Guédez. "Una brillante mujer que finge ser tonta y un hombre tonto que finge ser brillante en apuros". Esta novela en plan de humor negro sigue a dos venezolanos exiliados a la fuerza en España, y a través de sus sucesivas declaraciones/confesiones de diario sentimos retratar lo nacional en su farsa, su desfachatez y medianía. Política, cultura, amor, amistad y familia ruedan por igual en en esta excelente historia que es como una carcajada dolorosa frente al espejo.
Under the dome, Stephen King. Un pueblo americano se descubre un día bajo un gigantesco domo invisible e impenetrable. ¿Esto da para un cuento de terror? Para King, que se mueve con mucha facilidad por las oscuras esquinas del alma humana, es suficiente: como niños quemando hormigas con una lupa (...), vemos fascinados la destrucción y el caos florecer, vemos la paranoia, la sed de poder, la ignorancia, la manipulación y la corrupción hacer degenerar la realidad rápidamente en el pueblo acorralado, en una trepidante novela con esa forma coral, operática que es firma personal de King. Sus mil y poco de páginas pasarán como un suspiro (para mí fueron casi 18.000, pero es que lo leí en el iPod mientras espero la gloriosa venida de mi Kindle). Luego me cuentan si, como yo, encuentran alguna similitud con ciertas situaciones de nuestra preciosa realidad venezolana del sXXI, o si el jefe Jim Rennie se les pareció a aquel Boss Hog de Los Dukes de Hazzard.
Etiqueta azul/Blue label, Eduardo Sánchez Rugeles. Eugenia Blanc, una flemática adolescente que cree en pocas cosas y se relaciona con menos gente aún, quiere irse del país, de su familia rota, de sus amistades gafas, y conseguir a su desconocido abuelo francés podría ayudarla. Para ello viaja a un pueblo remoto del país en un desvencijado Fiorino acompañada de Luis Tévez, el "desadaptado" de su salón de quinto y tan distinto a Eugenia ella como Bob Dylan de Paulina Rubio. O eso parece; el viaje es también interno, de descubrimiento y cambio de paradigmas de vida. Esta novela fue ganadora del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri.
Sin Nombre: huyamos de nosotros mismos
Publicado el lunes, 2 de noviembre de 2009 @ por José Enrique Vivas Marcano
De las "películas raras" que le pido me muestre al vendedor de quemaítos de por mi casa, salió esta, Sin Nombre, de la que había leído hace unos meses en Cinematical.
¿Cuál es la historia? Debe haber miles en esa herida supurante que es la emigración ilegal desde Latinoamérica hacia Estados Unidos por la frontera mexicana; Sin Nombre, especie de road movie a lomo de tren de carga, mezcla como por accidente dos.
Sayra es una joven hondureña que se une en el viaje al Norte a su tío y su papá, quien ya tiene una familia nueva esperándole en New Jersey. No son un modelo de familia, pero la necesidad es una extraña forma de juntar voluntad y de sacar ganas. La chica no cree que tenga un "futuro" donde está, así que puede decidir en el camino si le sirve inventarse uno a caballo sobre la esperanza del nuevo comienzo de su casi ajeno progenitor.
Cásper, o Willy, es un parco joven mexicano que ha cometido errores. Vive en la violencia, a la sombra de la temible Mara Salvatrucha, familia adoptiva en la que cree cada vez un poco menos a pesar de tener aún la "entereza" para tutelar a un crío ansioso por pertenecer a la sangrienta clica. Un amor descarrila su fidelidad el mínimo suficiente para que su mundo pierda el eje, y de repente el tren que se mueve es lo que más se parece al futuro, es lo que al menos parece alejarlo un poco de las malas decisiones, de la venganza jurada, del pasado que no se quita como tampoco la lágrima tatuada saliendo de su ojo izquierdo.
El fortuito encuentro entre estos dos abre un pequeño resquicio de sentido, solidaridad, confianza y descubrimiento a un cuento de huida que destila fatalidad, desesperanza, anomia. Por momentos, uno puede jurar que el tren llegará a alguna parte. Que el viaje tiene sentido.
El recorrido, excelentemente fotografiado y musicalizado, es un fresco del mundillo creado en torno al recorrido hacia el Norte y de las economías que coexisten con el fenómeno: los campamentos de gente esperando el tren, los tinglados que ofrecen descanso y comida en los pueblos que se van dejando atrás, el terror de "la migra" (policía aduanal), las turbas de niños que corren saludando a los migrantes, acá lanzándoles comida, allá atacándolos a piedras.
Me dio un poco de risa el español hablado con tanto dialecto de pueblo o de pandillas que a ratos es hasta esclarecedor leer los subtítulos en inglés...
Sin Nombre es una historia que se siente real. Sin demasiado postura o melodrama, una épica menor que quizá se repite con todas las variaciones posibles ante los ojos de unos cuantos pueblos, gobiernos, países que rodean a las naciones ricas, las que significan para tanta gente la oportunidad de redención, de futuro.
La peli, investigué hoy, resulta ser el debut como director de un Sr. Cary Fukunaga, y su gran calidad hizo olas en el Festival de Sundance este año. Aparecen en la nómina de productores ejecutivos del film nada menos que Gael García Bernal y Diego Luna.
Búscala, a falta de un circuito que pase películas "raras" en Caracas, en tu vendedor pirata de confianza.
"Pío pío" todo el santo día...
Publicado el lunes, 25 de mayo de 2009 @ por José Enrique Vivas MarcanoÚltimamente me he vuelto, más que un "blogger", un "obsessive blog reader": un esclavo de mis suscripciones en Google Reader, vamos. Pero de vez en cuando hay que colar, digo yo, la propia opinión, sobre todo en temas en los que no se es experto, que pa' eso hay libertá. Y se pisan callos expertos, que también da un gustico...
So. Acerca del Twitter.
¡Sí, el fulano tuiter! Ya toca hablar de ello, y no por que yo sea un power-user o domine teorías al respecto; más bien por todo lo contrario. Tengo apenas un par de meses allí y, bueno, mis frescas, recién llegadas y seguramente prejuiciadas primeras impresiones van así:
- Me suscribí, originalmente, para bypassear un impedimento: el de entrar a Facebook desde el pc de la oficina. No porque sea un adicto de esa red social (aunque al inicio, ¿quién no lo era?), sino para poder actualizar allá el "José está..." y dar la impresión de que reviso y tal. O para soltar una de esas baratas reflexiones que uno exuda sentado todo el día frente a un monitor.
- Cuando tocaba buscar a quién seguir, ubiqué primero (y acá sigue pesando mi vocación de espectador, Dios...) a "tuiteros" que pudieran dar información en vivo, que la inmediatez del sitio debe servir de algo. CNN, noticias, periodistas... la experiencia del reciente temblor lo confirma.
- Luego, "celebridades"... apartando al obvio, por paradigmático, Ashton, ¿de quién me interesa seguir los famosos pasos? Acá hay un interesante espacio para los grupos musicales, artistas, pensadores, escritores y demás trend-setters, si saben manejar la persona digital. Ah, y hay que tener un poco de escepticismo para no seguir a falsos famosos o imitadores. Me pasó con Steve Buscemi, con Tina Fey (en cambio sigo a Chávez y Darth Vader, aún sabiendo que son fakes).
- Ya cuando la cosa es seguir a gente, "personas naturales" que llaman, el agua se enturbia. Porque me encuentro con estos asuntos:
- ¿Hasta dónde mi status es relevante para quienes me siguen? O mejor: ¿qué debo considerar mi status? Algunos trazan la línea divisoria en las actividades sociales; otros en cada movimiento que hacen, por rutinario o banal que parezca. Algunos pueden encontrar necesario incluso relatar sus movimientos intestinales. Yo, pues, trato de dar información, o soltar una "aguda reflexión" (hacerme el gracioso, pero no muy seguido), o de relatar al menos la parte no excesivamente rutinaria de mi acontecer. Pero no diré que le puse mantequilla a mi pan, o que me monté en el ascensor. Una cosa es status y otra cosa ruido, but that's just me.
- Hay blogs informativos que tienen Twitter; si lo que tuitean es el título de los posts no me hace falta seguirlos, pa' eso está el Reader. No es lo mismo que con gente que tiene blogs personales y además tuitea.
- "Yo te llevo para que me lleves" (Tenía, tenía que citar a Cerati, sorry). No, no creo que deba haber una correspondencia de seguidor-seguido. A lo mejor no entiendo la herramienta, a lo mejor la uso sólo en un mínimo porcentaje de su vasto potencial, pero... no necesito presumir de numeritos; no soy un monstruo social. El único detalle: que si te sigo y me sigues podemos intercambiar mensajes directos, lo cual me lleva al próximo punto:
- Chatear por Twitter. ¿No hay ya chats? ¿Messenger, Gchat? Cuando los tuits son partes desconexas de un diálogo privado, hacen ruido para los demás. Mensaje directo con eso.
- Tuitear sobre Twitter. A menos que se trate de alguien que trabaje y reseñe en el área de informática, o de las oportunas recomendaciones de usuarios que descubren una nueva funcionalidad o herramienta, me parece tedioso y árido cuando alguien está todo el día escribiendo en twitter sobre twitter: que si yo lo uso así, que si no-sé-quién también tuitea, que si somos ultra-uff porque tuiteamos. ¡Es onanista! Hay que usar la herramienta, pero sin ser usado por ella, digo yo... Es como bloguear sobre blogs, chatear sobre el chat. Supongo que el inicio de una tecnología es así. ¿La gente hablaba por teléfono sobre hablar por teléfono? ¿O iban a lo que querían decir, de una? Se parecen a los raperos que, no sé si se han fijado, cantan sobre... lo bien que cantan y lo chévere que es rapear.
¡Ufff! Y ya. Para ser primeras impresiones, mejor dejarlo hasta acá.
Por cierto, mi cuenta, faltaba más, es @Quiquex.
Yo soy yo en tantos lugares...
Publicado el viernes, 3 de abril de 2009 @ por José Enrique Vivas Marcano
La gente de Mashable! reseña hoy Namechk, un servicio de lo más útil si te la pasas inscribiendo tu glorioso nombre en cuanta página web te lo acepte.
Namechk verifica de un solo plumazo si tu nickname está usado o no en casi 90 páginas de red social, bookmarking, sitios de compartir contenidos y otros muchos que no sé para qué diablos son o ni siquiera sabía que existían, de manera que puedas corras a registrarte en los libres (así nunca los planees usar) o te enteres de la existencia de "gemelos de nick" con los que tal vez puedas iniciar una interesante correspondencia.
El servicio me recuerda a Instant Domain Search, que te informa si la palabra que propongas está disponible como dominio web, en sus sabores .com, .net o .org.
Ya sé, entonces, que hay un tal "Quiquex" registrado en 14 sitios, y me reconozco en 7 de ellos (Blogger y los relacionados con Google los más obvios)... habré de hurgar en los otros siete, para ver quién me suplanta. O si me registré en algún momento y lo olvidé, otro de los usos que ahora recién le descubro.
También sé que aún puedo disponer cuando quiera de Quiquex.com o Quiquex.net o Quiquex.org... como si mantener un simple y llano blog con ese nombre no supera ya mi precario sentido de constancia o responsabilidad. En fin.
Por cierto, desde un paranoico punto de vista, quien conozca tu nombre de usuario más común puede con algo de certeza averiguar sin tu conocimiento en qué otros sitios estás registrado. Tal como yo lo hice con los nom-de-guerre de varios panas...
A dormir, ya son las seis
Publicado el miércoles, 25 de marzo de 2009 @ por José Enrique Vivas Marcano
¿Son ideas mías? ¿Es sólamente en mi pequeño universo de Candelaria, o es más extendida en Caracas, en el país quizá, la tendencia a cerrar los negocios cada vez más temprano? ¿A recogerse con los primeros signos de nocturnidad, que gracias al cambio de huso horario reciente llegan ahora media hora antes?
El lunes fui al gimnasio a mi hora habitual, un poco antes de las 7 de la noche, para salir casi a las 9, que es cuando cierran. El sitio queda dentro de un mini centro comercial, uno de estos lobbys de conjunto residencial con pasillos de comercio tan a la moda hace unos pocos años. McDonald's, Burger King y Arturo's en las respectivas entradas, para dar una idea del relativo tamaño del centro comercial (y para dar una idea del reto en que pusieron los dueños del gimnasio a sus socios: negarás tres veces al entrar o salir de acá).
Pues bien. Cuando pasan las 8:30 pm, ya los empleados comienzan a bajar las rejas del gimnasio, cosa de cerrar más rápidamente cuando éste se vacíe. Lo mismo hacen en los negocios vecinos. Pero desde este lunes, ya observé que a las 8 comienza el ruido de santamarías. Y fuera del gimnasio, todos han cerrado ya. La fuente de soda del frente (corrijo: negarás cuatro veces) ya apiló sus sillas y dejó de hacer café desde antes de las 8. Los vigilantes ya impiden el paso por el centro comercial (un atajo hacia el Metro para muchísima gente) con un cordón que tengo que torear o brincar cuando salgo del entrenamiento, por la puerta donde el McDonald's ya atiende con la santamaría casi completamente cerrada a sus últimos compradores, de quienes sólo veo los tobillos...
Fuera del conjunto residencial/comercial no es distinto. La zona que en el día bulle de gente, pues está sembrada de torres bancarias y edificios de oficinas, es una boca de lobo. Una panadería valiente por allá despacha las últimas vituallas de emergencia, unos taxis en la esquina acosan a gritos a los transeúntes ofreciendo el servicio que ya las motos no prestan "tan tarde" (al menos esa es una ausencia que mis oídos agradecen), pero de resto, puras rejas cerradas, en calles por lo demás poco iluminadas, son lo que veo en las tres cuadras hasta mi casa.
Como si viviera en un pueblo recóndito y fueran las dos de la madrugada. ¡Pero aún no son las 9 de la noche y vivo en plena avenida Urdaneta! En el centro de la capital. ¿Qué puedo conseguir si salgo a esa hora a comer o "pasear"?
Taxis y areperas.
Se diría que la zona no es la más apropiada para que los comercios se queden abiertos hasta tarde. Pero exceptuando algún megacentro comercial como Sambil en el este (y el de Candelaria aún se construye; que abra ya será otro cuento, a ver si eleva el promedio de horario de servicio por acá), que yo sepa son pocos los negocios que en Caracas atienden al público más allá de unas pacatas 7:30 pm. ¡Qué digo, si la mitad de ellos ya están cerrados a las 6 pm!
¿Quedarse viendo libros hasta las 9 de la noche y luego agarrar un taxi a casa? Será turisteando en Bogotá, pero no aquí. ¿Comerse una pizza a las 11:30 pm en el restaurant de la esquina y seguir charlando frente a un par de humeantes tazas de espresso, rodeado de mesas llenas de gente, pero no taxistas trasnochados o vigilantes sino señoras como aquellas dos que conversan como si fuera mediodía pero son las 2 am? Sí. Pero en Buenos Aires, no en Caracas.
"Esta ciudad es como... madura, adulta", dije en aquella oportunidad asombrado de que la capital argentina estuviese tan activa a cualquier hora (y ni siquiera hablo de las megalópolis del primer mundo). Eso nos deja con una Caracas... ¿Qué? ¿Niña de pecho ajena a las costumbres decadentes adultas, adolescente tímida y con madre sobreprotectora, vieja gazmoña encerrada en su vetusta casona?
¡Aaah, nostalgia!
Publicado el miércoles, 18 de marzo de 2009 @ por José Enrique Vivas Marcano
Vía BoingBoing Gadgets (y ellos vía Palm InfoCenter, que lo conoció del foro de los propios protagonistas), me enteré de la Fiesta de Despedida que el Grupo de Usuarios de Hong Kong del Sistema Operativo Palm, HKPUG para abreviar, realizó en honor al tal sistema operativo en ocasión del anuncio de su muerte planificada.
¡La foto me trajo recuerdos! (Acá pueden ver el post del foro, con un montón más de fotos increíbles). Siempre fui un fan de este sistema, y de los equipos Palm, y tuve unos cuantos, que sólo dejaba cuando lo reemplazaba por el siguiente. Pero el sistema fue cediendo ante el avance de los celulares inteligentes (como el Treo, de la misma marca), que absorbieron prácticamente todas las funciones de las agendas electrónicas, y es así que un día, con mi bella y robusta Zire 72 en mano me pregunté: "¿Tiene futuro el Palm OS? ¿Tiene sentido aún tener una agenda electrónica?" La creciente redundancia de mis datos y funcionalidades entre la agenda y el celular me dieron respuesta, la gente de Palm no actualizaba el sistema operativo, y entonces, Mercado Libre mediante, finalizó mi larga y fructífera relación con el mundo del lapicito plástico, la escritura en pantalla (que nunca dejó de maravillar a los legos, ja ja ja) y la cerrada perfección del funcional conjunto Agenda-Libreta telefónica-Lista de Tareas-Calculadora.
He aquí la línea evolutiva de los equipos Palm que alguna vez tuve (guao, en mi mente eran un montón, pero supongo que estaba contando en cantidad de años):
Palm IIIe. El primer cacharrito. Ya poseía sin embargo las funcionalidades que hicieron legendario el Palm OS: la más revolucionaria el Graffiti, alfabeto escrito directamente en pantalla; otra la gigantesca base de programadores independientes que desarrollaban programas para la Palm que hacían (casi) cualquier cosa. Esta se la vendí a una amiga para comprar una...
Handspring Visor. Se sentía como un LTD al lado de la anterior, un Volkswagen. No era propiamente un equipo de marca Palm; su novedad, un sistema de crecimiento en base a módulos de terceros, instalables en un puerto trasero, que prometía maravillas: cámara (¡ufff!), mapas, lector de código de barras, literatura especializada, más espacio de almacenamiento... Nunca compré ninguno, sobra decirlo. Se la dí a mi hermano como parte de pago de no sé qué cosa, y a la semana se la robaron. Luego vino...
La "azulita", la Palm m130. ¡Pantalla a color! ¿Qué más se le podía pedir a la vida? La resolución no era para morirse, pero igual fue tremendo avance. ¡La agenda telefónica con fotos de todos mis amigos era un lujo! Soportaba además tarjetas SD. Esta la compré dos veces, porque me robaron la primera (junto a todo un koala, cartera, etc.) y no podía vivir sin ella, ja ja ja... Vendida también (creo, no lo recuerdo) para hacerme de una...
Zire 72, Edición Especial. Hasta aquí llegué. ¡Una belleza! Cuerpo de aluminio anodizado azul, cámara fotográfica, reproductor de mp3, ranura SD, miles de programas gratuitos a disposición (me cansé de bajar jueguitos, leer libros en su diminuta pantalla cuadrada, hasta usarla como control remoto de TV)... ¿qué le podía faltar a este equipazo?
Lo que le faltó a todas las anteriores: poder hacer llamadas con ella. Así, los teléfonos le fueron quitando mercado, pues hacían con creciente eficiencia todo lo que las PDA hacían, y todos conocemos el final de la historia... (a todas estas, nunca me pude decidir a adquirir un Treo, el celular de Palm con el que intentaron con cierto éxito evitar la debacle. Creo que aún no salían los que trabajaban con Windows Mobile, o cualquier cosa que no fuera el SO que más nunca evolucionó, lo cual me habría ayudado a tomar la decisión).
Actualmente, claro, las cosas pintan mucho mejor para la compañía Palm: sus equipos celulares usan WinMo o el Garnet (un PalmOS mejorado), y anunciaron recientemente el Palm Pre, una bestia de funcionalidades e integración (con un sistema operativo de nombre jodedor: WebOS, je je je...) que muchos ven como el próximo iPhone Killer. ¿Quién sabe? En esta costa alejada del mundo tal vez haga su aparición y pueda yo regresar, como hijo pródigo, a ser usuario de la marca, y pueda revertir ese mensaje que escribí ya hace algún tiempo en la pantallita táctil predecesora de tantos equipos de ahora:













